jueves, 4 de noviembre de 2021

Dialéctica Necesidad libertad

Por: José Ruíz Mercado
Dramaturgo

Decir los procesos va más allá de un dato, una curiosidad, un recuerdo. Decir los procesos nos permite nombrar antecedentes, causas, consecuencias de un hecho con sus alcances. La visión analítica, el método para recapitular todo esto es la voz del historiador.

   La tarea del historiador radica en interpretar los pasajes sociales sin (en la medida de lo posible) darle un carisma de opinión. Ya lo hizo al tomar los documentos, al darle la adecuación necesaria, no requiere, por lo tanto, decir su punto de vista.

   De entrada, la diferencia entre el historiador y el historiógrafo. El primero hace una interpretación de los hechos utilizando las herramientas de ciencias afines, tales como la sociología, la psicología social, la etnología, la filosofía, entre otras. El segundo da fe de los datos, es decir, ofrece la materia prima al historiador.

   La tarea de los medios de comunicación tiene mucho por aportar a la historia. El diarismo, por ejemplo, es un vaso comunicante. El resultado es un documento vivo de la historia al presentarnos los acontecimientos diarios, los conflictos de los grupos en el poder, las necesidades de los subgrupos sociales. Se convierte en la voz de los sin voz, pero al mismo tiempo, nos ofrecen el día a día de una temporalidad vigente.

   El diarismo requiere de un conocimiento, una sensibilidad por parte de quien lo ejerce. Ofrecer el dato lo más acercado a esa cotidianeidad en aras de la libertad de lectura del espectador de la prensa día a día. Con la más alta calidad del lenguaje, sin caer en coloquialismos.

   Los medios de comunicación requieren, además, de especialistas. Las páginas de análisis, los editorialistas, son el corazón, por lo tanto, representan la calidad, la directriz, el alcance, la ideología, el nivel socio cultural, no sólo de quien colabora, sino además de sus lectores. Permite al mercadólogo ubicar el tipo de publicidad y sus contenidos.

   Por mucho, son objetos de estudio de sociólogos, politólogos y, por supuesto historiadores. Dicho sea, la calidad de vida de una sociedad contemporánea se mide por el nivel de lectura media de sus habitantes.

   Las redes sociales encierran un riesgo, el cual, día a día tiende a crear un círculo más cerrado. Una ideologización extrema, un mínimo de razonamiento al insertar esquemas de pensamiento. Los llamados emoticones, las frases hechas, las cuales ya no tienes que pensarlas, ya están ahí, dales un pinchazo y saldrás del apuro. Las redes se cierran cada día para ofrecer al analfabeta social la cualidad del buen decir.

   Otro elemento ideologizador de las redes, que va en detrimento de la historia, el manejo de confundir lo público con lo privado. Para las redes todos son recuerdos, todos con la frase hecha de “recordar es vivir” y otras cursilerías propias de mi tía Chuchita.

   El poder de impacto es grande. Lo que no está ahí no existe. De pronto se convierte en rector de conciencias. Una especie de santa laica inquisición del pensamiento con inquisidores descerebrados de mentalidad escasa.

   Las redes permiten la homogeneización ideal para el mercadólogo vendedor de piedritas sagradas pretenciosamente de la alta cultura. De nuevo, el documento de análisis para el historiador, el sociólogo, el psicólogo acucioso. De algo sirven.

   Para el historiador actual son herramientas de análisis para la más alta disciplina ¿Cómo reacciona la ciber industria? ¿Qué tanto los amantes de las fallas ortográficas caen en las noticias falsas? ¿Los religiosos como se duplican en esperas divinas? Esto lo acabamos de vivir con la alerta viral, además, la fraseología como cambia transforma el lenguaje. Ya lo decía en otra ocasión, nunca se ha utilizado tanto el concepto de “virus” como hoy. Virus cibernético, virus informático, virus, al final, contaminante.

   Caminamos, crecemos, nos detenemos. La tarea del historiador va más allá de decir los procesos, de unificar datos. De observar. Los politólogos lo saben. Los sociólogos lo viven, lo hacen presente. Cada día se hace necesario acercarse de nuevas tecnologías. De otros datos. La clase política debiera comprender esto, antes de satanizar los vaivenes de la sociedad actual. Caminamos en otro ritmo.

   Cuando revisamos los sitios personales en las redes, nos vamos a enterar de lo que cada uno, en lo personal, le interesa, le genera miedo, las angustias, los credos políticos y religiosos. Son elementos de estudio.

   Todos estos documentos son material rico en visiones del mundo. Un historiador las sabe (por lo menos es lo ideal) interpretar. Para un literato se convierte en materia para una narrativa contemporánea; toda esta en saberla acomodar.

   La sociedad actual contiene datos, elementos ricos en información, significado, cambio sígnico, enriquecimiento de lenguaje (EL barroco español enriqueció el idioma, ofreció joyas maestras de la literatura. Fueron tiempos de emigración, de inestabilidad, de propuestas, de cambios) Ganémosle a nuestra circunstancia.

   La tarea del historiador va más allá de unos datos. Su tarea es convenir en una sociedad más justa, ubicar a los individuos en su realidad. Cuestionar los grupos de poder. Los historiadores de la cultura tienen una tarea más fuerte. Los ejemplos son muchos. Entre otras cosas, ubicar los estilos, la estética, los personajes.

   Entender el trabajo como fruto social y no como un algo fuera, extraordinario, daría al trabajador cultural como parte de lo social. Esto ofrecería la dignidad, el reconocimiento, a la dedicación. A entender quién es quién, y por lo tanto, a romper con las mafias del poder cultural.

   El comentario de cómo existen personajes cuyo valor en su obra no es para llegar a obtener una beca o un premio de excelencia, va en detrimento de quien lo otorga, quien lo recibe, y el propio gremio; esto debería ser diferente. De aquí la tarea del historiador, el deber ser, la ética misma.

   Decir los procesos va más allá de un dato, una curiosidad, un recuerdo. Decir los procesos nos permite nombrar antecedentes, causas, consecuencias de un hecho con sus alcances. La tarea del historiador es saber utilizar sus herramientas, dar conjeturas a la sociedad con su dialéctica de los grupos sociales, su libertad a partir de la necesidad de entender el aquí y ahora del individuo en su relación con los demás.

 


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