Por: José Ruíz Mercado
Dramaturgo
Cortázar
fue para muchos de nosotros modelo para armar. Recordando uno de sus múltiples títulos,
pero, sobre todo fue Rayuela la obra con la cual esos “nosotros” recorrimos los
senderos de la literatura, del jazz, de la despreocupación de La Maga.
Nos fuimos rondando las calles entre los
estilos del cine francés y el italiano, sus tomas cualitativas, sus conflictos
existenciales, sus escaleras desvencijadas, esas tomas desde arriba, redondas,
de diálogos cortos, los interiores; las calles con similitudes de palacio
forzado a ser núcleo familiar para muchos y más, o para un individuo aislado.
Fuimos ese “nosotros” un individuo
colectivizado. Palabra extraña, nada común para antes, para después, porque
Cortázar nos enseñó a ver, a escuchar, a promover un ritmo, la síncopa, el
desparpajo de la Maga en esa magia de estructura. La obra inicia ahí donde tú,
nosotros, abramos el libro para iniciar a entrar a ese palacio con función de
núcleo habitacional.
Fuimos (Somos) ese “nosotros” engolosinados con el epilogo de Los Premios, ese atribuido a Dostoievski (habrá ocasiones cuando buscamos de dónde sacó el autor semejante frase, o si sencillamente la inventó para hacernos más sencilla la lectura. Y seguimos la secuencia de los personajes de Los Premios y Rayuela.