jueves, 4 de enero de 2024

De Voluntades, ¿Bizarras?

 

Por Alejandro Ruiz Robles

LA FORTUNA AJENA

Si algo nos caracteriza a las personas es que lejos de sólo buscar tomar decisiones por y para nosotros, lo hacemos por terceros, dándose incluso el caso de pretender vivir por ellos de acuerdo con nuestras prioridades; es decir, asumir que ellos vivan sus vidas, atendiendo a nuestras metas, no a las de ellos.

En consecuencia, no resulta extraño que cada que nos reunimos a celebrar las fiestas de inicio y fin de año, comemos uvas y pedimos deseos, exterioricemos pretensiones y compromisos para otros y de lo referente a nosotros, sólo establezcamos metas genéricas y ambiguas, que no tenemos intereses en precisar bajo la excusa de que se pueden “salar”.

Es obvio que esto no aplica para terceros; toda vez que al cuestionar a otros sobre la razón para actuar así e involucrarnos con otros destinos, no faltan justificaciones para establecer la premisa que ellos no saben que quieren y es “sólo para ayudarlos”. Reitero, su interés no es influenciar a otros en forma alguna en sus vidas, sólo se trata de una mera orientación “por su bien”.

Y vaya que da para la discusión actuar “por el bien” de otros, ya que lo primero que me vendría a la mente es “¿quién nos hace superiores para influir en la vida de los demás?

Lo que antes terminaba con expresiones tales como “no seas metiche” o “déjalos vivir”, hoy pareciera ser argumento de peso para validar entrometernos en la vida de alguien, ya que pareciera que un “ente etéreo y externo”, es él que nos hace indicados para ello.

¿Qué tan aceptable es para ti que alguien te recomiende que hacer “por tu bien”?

TAN EXTRAÑO

Lo increíble de esta forma de interactuar es el hecho de que las personas lo convierten en un hábito, de tal manera que el hecho de opinar sobre la vida de otros es “derecho divino” y como consecuencia de ello, el pretexto “legítimo” para influir en cualquier tema que competa a la persona.

Lo que el sentido común indicaría que se tratan de “acciones invasivas contrarias a cualquier sana convivencia”, ellos lo erradican “la buena voluntad” que tanto han desarrollado en su naturaleza humana.

En ese tenor, resulta que como personas no solo tenemos que lidiar con familiares, amigos o compañeros en nuestras múltiples relaciones cotidianas, sino también con esos “mentores iluminados” que no hemos elegido, pero a ellos no parece importarles.

Los consejos no pedidos de repente los convierten en mandatos impositivos y elementos para juzgarnos a los destinatarios de ellos, los hayamos o no recibido; de tal manera que lejos de construir sobre bases ciertas, la monserga verbal recibida puede convertirse en un fango en el que cualquiera puede resbalar.

En fin, darle valor a lo que no lo tiene es confirmación para continuar en el embrollo, bajo este contexto, ¿eres libre en tu actuar?

FACTORES QUE SUMAN

Bajo la premisa de que “todo lo que no suma, resta”, entenderíamos que opiniones no pedidas, consejos no requeridos, imposiciones no convenidas, son elementos prescindibles para nuestras actividades.

Como dijeran en casa los mayores durante nuestra infancia, “salvo el mítico Atlas, no conocemos personas tan fuertes que en sus espaldas soporten el peso del mundo”. Y como su decir era ley, es básico para nosotros entenderlo y no pretender atender la voz de otros o bien, cederles espacio de nuestras mentes.

“No hay razón a que otros pretendan vivir nuestras vidas si no están en nuestros zapatos”.

Las palabras tendrán una justa dimensión cuando hay razón para su existencia; los caprichos no validan absolutamente nada y lo único que logran es distraernos de nuestras prioridades.

Con seguridad, en más de una ocasión la vida nos ha mostrado que todas aquellas personas que en su vida han aportado por convicción, difícilmente lo harán por generación espontánea; en consecuencia, no tenemos por qué darles nuestra atención a quienes tienen nula intención de engrandecernos y si mucha soberbia para pavonearse.

Aprender a distinguir lo verdaderamente importante de lo ornamental o trascendente, facilitará nuestra toma de decisiones.

Hay quienes viven para contribuir, así como los hay para destruir, ¿a quién prefieres a tu lado?

PETICIONES LEGÍTIMAS

Ahora bien, si bien es válido desear y llenarnos de ilusiones, sueños y metas para cumplir para los siguientes doce meses, ¿cuál es la actitud adecuada para llevarlos a cabo?

Tan válido es anhelar que todos lo hacemos; sin embargo, cuando se trata de acciones en consecuencia que nos lleven a comprometernos, ya no resultan tan atractivas tales pretensiones.

Todos estamos dispuestos a pedir a las divinidades, al destino o a un ente mágico que se logren nuestros sueños; no obstante, que difícil es tener la convicción de lograrlos con nuestro propio esfuerzo.

Seguro todos cambiaríamos o generaríamos riqueza si sólo dependiera de un pedido a una lámpara fantástica; la cual omitiera el uso de palabras como “esfuerzo”, “trabajo”, “preparación”.

Esto que parece tan lógico, resulta que es lo ilógico de las intenciones que se tienen al iniciar una nueva etapa de la vida. Querer, pretender, anhelar, imaginar son verbos que se conjugan en aras de un futuro fácil que prescinde de hacer que las cosas sucedan en el presente.

Ante tal vorágine de fantasías, quienes hablamos de esfuerzo, constancia y entrega usualmente somos tachados por negativos; máxime que se trata de un ambiente místico, ideal para postular sin ofertar nada a cambio.

Desde luego, no se trata de asumir, ni las conductas, ni los modales del Grinch, personaje favorito del Dr. Seuss; pero, si se trata de entender que nada en esta vida es gratis y si algo llega a nuestra vida sin esfuerzo directo, es porque a otros les ha costado. Ver en los premios una recompensa a la disciplina y tarea cumplida, es una forma legítima de construir un presente sólido.

En tu forma de ver la vida, ¿te gusta que la vida te regale oportunidades?

DE SABIDURÍA

Cuando he tenido oportunidad de integrarme a charlas con adultos mayores y ante las dinámicas que se siguen para lograr un adecuado convivio, me gusta escuchar que sus mayores peticiones no sólo atienden a salud o a fortalecer algunos de sus sentidos disminuidos, sino que se refieren a cosas que con menor edad solemos pasar por alto. Escuchar que celebren que haya más luz, trinar de pájaros, viento fresco en sus caras u olor a vegetación llenando sus pulmones son actos que presenciamos y nunca valoramos, hasta el momento que la vida nos llena de sabiduría.

Difícilmente ellos desearán un coche último modelo o un dispositivo digital de reciente generación; por el contrario, disfrutarán de la grandeza de lo sencillo que está siempre a nuestra vista.

Ante esta forma de pensar, surgen cuestionamientos que nos llevan a reflexionar: ¿qué tanto necesitamos desear para ser realmente seres humanos?, ¿en qué momento la pretensión de acumular riqueza deja de ser prioridad?, ¿cuándo descubrimos que el mayor abrigo que podemos requerir es el de una sonrisa que apapache nuestra alma? Y si esto es tan sencillo de comprender, ¿cuál es la razón para no escuchar tales peticiones en los brindis de fin de año?

De tus días recientes, ¿ESCUCHASTE ALGUNA PETICIÓN QUE TE MOVIERA EL ALMA?

Posdata: Agradezco ser considerado para el “Premio Mundial Águila de Oro a la Excelencia Periodística” otorgado por la Unión Hispanoamericana de Escritores y Mil Mentes por México.

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