Por Alejandro Ruíz Robles
“Había un navío, vio, vio, cargado de …”
Cuando éramos niños, usualmente disfrutábamos al máximo todos los momentos, ya fueran en la casa, la escuela o en cualquier lugar. Lo importante era que siempre veíamos la manera de reír o sonreír sin pretender encontrar mayor razón o pretensión.
Realmente buscábamos ser sonrisas en nuestro mundo de felicidad, ya fuera en compañía de nuestros familiares, amigos, conocidos e incluso, seres imaginarios.
La Risa como la Sonrisa siempre fueron parte de nuestra personalidad.
No había lugar ni momento que no quisiéramos mostrar nuestra alegría.
Sin embargo, conforme vamos creciendo también disminuyen las risas y sonrisas, a tal grado que es importante preguntarnos: ¿Cuándo fue la última vez que sonreímos al trabajar?, ¿Disfrutamos realmente lo qué hacemos?, ¿Somos felices en el trabajo?, ¿Somos la compañía que merecen las personas que amamos?
“Dos … ¡Patada y Coz!”
Y tal pareciera que en la medida que se desdibuja nuestra sonrisa habitual y se convierte en esporádica, es en la misma proporción que incrementamos nuestra cruda visión hacia la realidad.
De tal manera que conjugamos el “Burro Castigado” en nuestra persona; con nuestro gesto adusto, serio y lleno de preocupaciones.
¿En qué momento nos transformamos?
Es cierto, crecer duele, pero en muchos momentos el dolor lo hacemos nuestra forma de vida.
